Apología de Javier Krahe 2

by Jose_Quintero
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Zozobras completas

  Entiendo que en sus primeros años y sus primeras grabaciones era notable la influencia del francófono Georges Brassens (del que conozco muy poco y en el que no tengo mayor interés). La estética musical, el aire a canción francesa e incluso la forma de cantar (chusca y teatral, aupando afectadamente cada sílaba) pesaban excesivamente en el estilo temprano de Krahe –temprano es un decir, pues empezó a cantar a los 40 años-. Su voz en La Mandrágora (grabado al alimón con Sabina) me resulta ligeramente chocante por cuanto -me parece- buscaba resultar gracioso todo el tiempo. A partir del cuarto o quinto disco su estilo se fue asentando y su voz se tornó un poco más sobria o menos bufa; ampliando la gama expresiva y aventurando cierta emotividad -rubricada a veces con un fraternal acento intimista- como para confiar al escucha sus experiencias de manera directa y personal. Las cosas importantes, sorstienen algunos, son las que se dicen en voz baja. 

En el mismo periodo, tanto los arreglos musicales como la alineación instrumental tuvieron también sus idas y venidas, con resultados decorosos y no pocas veces, afortunados. pero es a partir de Cábalas y Cicatrices (posiblemente -seguramente- su obra maestra) donde encontramos al Krahe maduro, cuajado, reinventado y, si no renacido, al menos rejuvenecido. Para mi -que le había perdido las pista desde hacía varias grabaciones- Cábalas resultó un sorpresivo y feliz reencuentro; un reencuentro definitivo. La atípica grandeza del álbum no consiste en ser una producción de factura impecable -como suele ser moneda corriente en la industria discográfica moderna-, sino precisamente en su contrario: la capacidad de atrapar fonográficamente la magnitud vital de la propuesta krahesiana: mezcla compleja de humor, informalidad, poesía, chacota e inusitada belleza lírica y musical. 

Cábalas y sus posteriores grabaciones en directo dan fe de la altura de este artista que se regodeaba en su marginalidad desbordante (porque abarrotaba cuanto cafecillo o pequeña sala de conciertos en los cuales ponía el pie); recordándonos de manera reiterada que hoy en día la inteligencia, el humor y la belleza sólo pueden existir en los márgenes de la cultura de masas.

Un coro de viejos marinos 

La peculiar voz de Krahe estaba íntimamente ligada a la de los instrumentos musicales de su grupo. Podría decirse que voz, guitarra, clarinete y contrabajo (la alineación crepuscular) formaban parte del mismo tejido musical. Los instrumentos dialogaban en cada canción, la vestían de manera escenográfica como si se tratara de una puesta en escena y no de un arreglo musical ordinario. No es un exceso retórico decir que sus músicos (Javier López de Guereña, Fernando Anguita y Andreas Pritzwits) eran una extensión de la mente y la sensibilidad de Javier Krahe.

Abundan los momentos destacados a lo largo de la discografía krahesiana; Como ya dije, los instrumentos solían apoyar musicalmente a la lírica con instrumentaciones, efectos y acentos contextuales. Ovnis, Los Caminos del Señor, Piero della Francesca, Como Ulises y tantas otras son claros ejemplos de arreglos musicales supeditados rigurosa y escenográficamente a la lírica. Pero los casos que me interesa destacar son aquellos en los que surge aquello que me atrevo a adjetivar (tocando fondo en la vulgaridad retórica) como magia. Instantes de una belleza tan sutil que dura apenas unos compases, unos segundos o bien, unos suspiros. 

Krahe y compañía

En el intermedio de Días de playa (canción de una doliente melancolía disimulada hábilmente por reiteradas dosis de humor) luego de la frase pronunciada por el protagonista-amante: 

"y después me hago el muerto y me dejo mecer 
¡qué placer cuando flotas! 
si tu amor es incierto o es incierto el placer,
y en lo alto, gaviotas."

 Puede sentirse a las aves volar lánguidamente sobre el cielo azul por efecto de la voz angustiosamente triste del clarinete de Pritzwits. Bellísimo paisaje emocional. 

En Alta velocidad, el cuarteto construye un tren sonoro para acompañar de manera vigorosa la brevísima letra de Krahe, que refiere justamente un tren de alta velocidad y un no menos breve encuentro sexual. 

En Abajo del Alzheimer (un hermosísimo, dulce, culto, resignado, nostálgico y memorioso recuento de los cien amores del autor) los arreglos comienzan y termina con un loop de clarinete que refuerza la imagen de una noria trabajando que se menciona en la última linea del último verso: 

"Y ya están las cuentas de mis cien amores
que -claro que sí- fueron los mejores. 
Y si queréis más, yo de mil amores. 
Y ruede la rueda y gire la noria."

Remata el cantante y puede escucharse al clarinete girando vigorosamente para luego sosegar su ritmo e ir apagando lentamente su volumen, como un recuerdo amoroso que se apaga.

En ¿Porqué no?, Krahe tararea casualmente una melodía y uno de los músicos pregunta “¿La ensayamos?”. A partir de entonces el escucha parece encontrarse en mitad de uno de los ensayos habituales del grupo, en el que el letrista recita sus versos y los músicos corrigen lúdicamente las palabras más disparatadas y absurdas mientras siguen tocando y pausando sus instrumentos de forma sincronizada. Divertidísimo y bello ejercicio musical de un conjunto que -orgánicamente integrado- dialoga, respira y fluye con sus distintas voces.  

Una canción para vigilar la marea

Quiero terminar esta apología (¡te la debía desde hace tanto, mi querido maestro!) mencionando la que es, en mi opinión, la más bella canción de amor escrita en castellano; nacida de la inspiración de un joven Javier en colaboración con su hermano Jorge Krahe.
Es sabido que (al fin turbamulta) solemos confundir las canciones de desamor con su contraparte; llegamos al clímax de las locas borreacheras con aquellas canciones que nos hacen llorar a causa del amor mal correspondido, el imposible, el extraviado, el contrahecho… pero el amor es justamente lo contrario: crecimiento, armonía, plenitud, complenetariedad y en todo caso, ausencia de melodrama. Eso me lo hizo saber Javier Krahe a los 18 o 19 años de mi tierna edad, cuando escuché con detenimiento y atención Nos ocupamos del mar, en la versión del álbum Haz lo que quieras (la de La Mandrágora -en voz de Alberto Pérez– es una patada en las gónadas).

Nos ocupamos del mar
Y tenemos dividida la tarea.
Ella cuida de las olas,
Yo vigilo la marea.
Es cansado,
Por eso al llegar la noche
Ella descansa a mi lado,
Mis ojos en su costado.

El amor consuetudinario -con sus altas y sus bajas, con su dimensión épica y su cotidianidad pedestre, con sus tensiones multifactoriales y su particular poética, con sus alas y sus balas- es abordado por Krahe a contracorriente de la rentabilidad y la buena prensa del amor romántico, del pasional, del amor mediático y comercial, del amor a ocho columnas que recompensa con hits y likes.

En mi equipaje de canciones para la vida, donde la obra de una generación de cantautores españoles (Serrat, Aute, Víctor Manuel) ocupa un lugar especial, Javier Krahe tiene un espacio privilegiado, y de entre esas canciones fundamentales con las que he transitado de la briosa juventud a este simulacro de vejez, Nos ocupamos del mar reverbera como un himno que me recuerda -no sin nostalgia- a la compañera de vida que cuidaba de las olas mientras yo vigilaba la marea.

En una entrevista de 2014, el cumplido cantautor declaró:  

«Considero que la canción es un género frívolo y que tampoco hay que intentar decir las grandes verdades, a lo mejor es pedirle demasiado a una canción». 

Y yo, por supuesto, no le creo nada. Imposible que alguien que cultivó tan amorosamente este género musical lo haya hecho de manera frívola. Javier Krahe escribió canciones profundas, complejas y trascendentes muy bien pertrechado en la trinchera del humor porque, como dijo en una entrevista posterior:

«El humor, o la ironía, no es un arma: es un escudo».

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