De leviatán a leviatán

by Jose_Quintero
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En los tempranos años 90 del siglo pasado, algunos colegas historietistas y yo tuvimos la brillante idea de formar un grupo de rock de moneros. Con algún esfuerzo, débiles chisguetes de compromiso y sin la más remota idea de ejecución o teoría musical fuimos adquiriendo el equipo básico (amplis de recámara, guitarras desoctavadas, pedales de segunda mano etc.) para sonar en la sala del Frik, quien ya había tocado su batería en algunos proyectos de medio pelo. El resultado -como era de esperarse- fue un jocoso desastre, así que luego de algún tiempo el proyecto de los músicos moneros pasó a formar parte de las cosas que nunca existieron. 

Yo hubiera guardado permanentemente mi guitarra en sus estuche-ataúd de no ser porque Hugo Peláez, guitarrista visceral y hermano del historietista Ricardo Peláez, se enteró de la movida y se apersonó en un ensayo para echar un palomazo. Intentamos tocar algo en su presencia pero realmente no había nada qué ensayar, así que el Hugo asumió el rol de Jack Black en la película Escuela del Rock y nos hizo tocar Rock and Roll de Led Zeppelin en una sola toma. Yo quedé fascinado por la experiencia y sin saber bien cómo, lo convencí para formar una banda conmigo, ya sin moneros de por medio.

El Hugo (guitarrista nato y -como ya dije- visceral) accedió incluso a tocar el bajo con tal de que el proyecto siguiera adelante. Audicionamos a dos o tres bataqueros y luego de un tiempo regresamos al punto de partida para formar Garra de Mono con una alineación mixta de moneros y familiares de moneros: Frik en la bataca, Iván Proaño -hermano de Frik- en el bajo, Hugo en la guitarra solista y yo en la guitarra y la viril cantada. 

 No les hago el cuento largo. Lo relevante (dentro de lo irrelevante de esta anécdota) es que esta canción que ahora comparto fue el caballito de batalla para los ensayos y la primera de un repertorio de 10 o 12 canciones de la banda. La escribí en plena efervecencia del grunge (específicamente, escuchando de forma obsesiva el Siamese Dreams de los Smashing Pumpkins) y, a pesar de su precariedad armónica, lírica y melódica, resultaba solvente como ejercicio de calentamiento para los dedos y la víscera cardiaca. 

Así como uno guarda en la memoria el recuerdo del primer beso, la primer borrachera o el primer fraude electoral, mesmamente ansina como endenantes uno guarda la curiosa experiencia de cómo se escribe una linea de bajo, un riff a dos voces o una letra con cierta intención poética.

Ríanse de mí aquellos que saben degustar o crear buena música. Lo cierto es que cuando le rascaba las tripas a mi Les Paul y cantaba enjundiosamente esta canción me sentía como el mismísimo Cuco Bein.   

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