Invéntame un ángel

by Jose_Quintero
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Una definición personal: cultura es aquel trabajo que realizas sin que nadie te lo pida, sin que nadie (necesariamente) te lo reconozca o te recompense. Aquello que -de no hacerlo tu mismo- no existiría, al menos no de la misma forma ni con tu impronta personal.
Estamos de acuerdo en que esta es una definición insuficiente, pero de momento sirve para explicarme yo mismo el porqué insisto neciamente en hacer algunas de las cosas que hago, como perrito persiguiéndose la cola. 

Mas íntimas que las más íntimas de mis historietas son mis canciones. Escribo y compongo melodías (que grabé en el noble cassette, en el disco duro de mi memoria y ahora -moderno el muchacho- en formato digital) desde los 15 años. 

La gente a la que le interesa mi música se cuenta con los dedos de la mano de un manco y las posibilidades de hacer algo relevante en formato canción (que es un híbrido de música y poesía, como yo mismo soy un híbrido de poeta y rata de alcantarilla) son ligeramente superiores a cero. Sin embargo no puedo evitar volver de tanto en tanto a mi guitarra y mis letras para repasar “las pisadas” de mis rolas.
Ese “de tanto en tanto” se refiere lo mismo a días que a semanas, meses o años y durante esos oasis musicales corrijo palabras, frases y estribillos, subo y bajo tonos, canto para nadie con harto sentimiento y ocasionalmente siento que ese esfuerzo sistemático pero subatómico no carece de utilidad o sentido.

Hace algunos días, chateando con mi camarada (nos escribimos: -qué onda, chato -Pues nada nuevo, chato) le comentaba que estoy grabando de tanto en tanto mis canciones -que a veces celebran y a veces lamentan la lucha del hombre- porque no quiero que se queden en mi cabeza para siempre. Últimamente he pensado de forma obsesiva que si llego a morir antes de tiempo -esto es, antes de cumplir 100 años- un número indeterminado de canciones, historietas y poemas inéditos morirían a la par de mi conciencia y no quiero que eso pase. Sería una lástima que ese enjambre de palabras y melodías resignificadas se vayan a la nada sin antes haber siquiera salido de la nada en lo que podría ser calificado literalmente como un aborto cultural.

La que ahora comparto es una de las primeras canciones que compuse guitarra en mano (las primeras existían sólo como melodía, sin estructura armónica o bien con la estructura armónica implícita, muy al estilo del gran José Alfredo). Data de los lejanos 90’s y originalmente se llamaba “Inyéctame un ángel”, una metáfora extraña y relativamente bizarra que terminé cambiando por “invéntame un ángel” como sinónimo de “cuéntame un cuento”. Tiene un aire vagamente fúnebre de luto por la muerte de Dios -por lo que deduzco que data de mis tempranos años veinte- y una frase citando a Nietzsche en un momento en el que aún no lo había leído; con lo que se confirma una vez más que la ignorancia es temeraria y la temeridad es ignorante. 

Le chateaba a mi camarada (-¿cómo ves, chato? -pues muy bien, chato) que sólo al terminar de grabarla pude escucharla completa por primera vez. En mis sesiones de práctica, suelo tocar fragmentos breves y saltar de una a otra pieza cada que duelen en exceso las yemas de los delicados dedos de mi mano de albañil, así que fue una sorpresa escuchar de una tirada los 6 minutos de duración con todo y sus precarios arreglos musicales (que incluyen sexi voz, guitarra, algunos compases de violas y batería de Logic X). 

Suelo decir -anecdóticamente- que escribí tal canción inspirado en tal referencia sonora o discográfica, pero “Inyéctame un ángel” surgió sola y casi diría que por determinación propia. El joven que fui sólo hizo el registro y heredó una letra casi terminada al veterano de guerra que ahora soy, así que sólo tuve que agregar un buen estribillo y un par de estrofas finales que aún no me convencen, pero que no tendría problema en corregir y regrabar. ¿Estoy conforme con el resultado? Ni idea. Lo único que sé es que esa canción tenía que existir y que fui el único medio (¡pobre canción!) para que esto ocurriera.

Cosa curiosa: una vez que salen del útero de mi alma, no se qué hacer con mis canciones. Las tengo formaditas en una carpeta para sentir un ligero alivio al verlas pasar de simulacros etéreos a archivos de audio con extensión mp3 en toda forma. 

La última vez que chateamos (-Entonces quedamos en eso, chato -¡que conste en actas, chato!), mi camarada comentó que esta canción le gustó e incluso la creía digna de un playlist de borrachos enamorados del amor. Eso me dio ánimo para compartirla con quien tenga el ocio y la disposición de escucharla y ayude de paso a cumplir con el ciclo de vida de todo producto cultural, que no termina de existir hasta no ser aprehendido por la sensibilidad del otro polo de la cultura que es el escucha o lector. 

Sin mas dilación, va por ustedes, criaturas de babel.

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